jueves, noviembre 24, 2005

 

World Trade Center

World Trade Center

Néstor Caballero
Venezuela
2005

PERSONAJES

ROSANA

RAYMOND

ESCENOGRAFÍA

Al fondo y a la distancia: Puente de Brooklyn.
En el lateral izquierdo hay un poste con las señales “Tow Away Zone” y “No standing any time”.
En el lateral derecho hay un matero de concreto con un pequeño arbusto de escasas hojas.
Una baranda de metal da hacia el río y lo separa de un corredor pavimentado para caminar o trotar.
De espaldas al público, un banco de tres listones donde está sentada Rosana.
Todo en la atmósfera es gris, con matices de blanco y negro. Casi semipenumbras pues aún no ha amanecido. Parodia la imagen de la película “Manhattan” de Woody Allen.
Lejanos sonidos automotores se confunden con el débil murmullo del río.


ROSANA ESTÁ SENTADA, LATERALMENTE, EN EL EXTREMO IZQUIERDO DEL BANCO. SE ENCUENTRA MUY CALMADA, ESPERANDO. LUEGO DE UN TIEMPO, SE ESCUCHA A ALGUIEN QUE VIENE TROTANDO. ROSANA SE INCLINA, BAJANDO EL TORSO.
POR EL CORREDOR PAVIMENTADO LLEGA RAYMOND, TERMINANDO DE TROTAR. RAYMOND SE DETIENE FATIGADO. RAYMOND NO HA VISTO AÚN A ROSANA. RAYMOND MIRA HACIA EL PUENTE Y DISFRUTA DE SU VISTA. LUEGO DE UN MOMENTO, RAYMOND SE DIRIGE AL BANCO PARA DESCANSAR. ROSANA, DE REPENTE, AÚN SENTADA, SUBE EL TORSO Y ESTIRA LOS BRAZOS HACIA ARRIBA EN ACTITUD TRIUNFANTE Y HACIENDO UN SONIDO DE FANFARRIA. RAYMOND RETROCEDE, ASUSTADO.
ROSANA RÍE.

ROSANA: No te asustes, Raymond. Soy yo, Rosana... o al menos soy lo que queda de ella.

RAYMOND, ASOMBRADO, NO SABE QUÉ HACER.

ROSANA: No, Raymond, no estoy muerta, como seguramente creías.

RAYMOND, DESDE SU SITIO, SE MUESTRA PERTURBADO.

ROSANA: Cálmate, Raymond. Has una respiración profunda. Vamos, hazlo, eso siempre te calmaba antes de salir a danzar.

RAYMOND, BUSCANDO CALMARSE, DE SEGUIDAS TOMA AIRE, PROFUNDO, LEVANTANDO LOS BRAZOS Y LUEGO LO EXPULSA DEJANDO CAER EL TORSO HACIA DELANTE Y LOS BRAZOS, DISTENDIDOS, A LOS LADOS. ASÍ SE QUEDA ABAJO, UN TIEMPO. LUEGO VA SUBIENDO EL TORSO MUY LENTAMENTE.

ROSANA: ¿Ya estás mejor?

RAYMOND, TÍMIDAMENTE, AFIRMA.

ROSANA: Me alegra. Ahora que estás más sereno, te lo contaré todo. No tomará mucho tiempo, tu rutina de halcón no se verá afectada y así podrás sentarte aquí, como siempre, para ver el amanecer desde el Puente de Brooklyn. Ven.

RAYMOND NO SE MUEVE.

ROSANA: Raymond, por favor, no tienes nada que temer… y menos ahora.

RAYMOND PARECIESE QUE VA A SENTARSE EN EL BANCO, AVANZA MEDIO PASO, PERO SE DETIENE.

ROSANA: Hazlo para que te enteres por qué desaparecí. ¿No te interesa saberlo?

RAYMOND, TEMEROSO, AFIRMA.

ROSANA: Entonces ven y siéntate, aquí, conmigo.

RAYMOND SIGUE TEMEROSO. NO SE DECIDE. LUEGO DE PENSARLO, VA AL BANCO Y SE SIENTA AL FILO DE ESTE, Y AL EXTREMO DE DONDE ESTÁ ROSANA. RAYMOND MIRA A VARIAS PARTES, ESTÁ A LA DEFENSIVA COMO DISPUESTO A ECHARSE A CORRER DE UN MOMENTO A OTRO. NO SE ATREVE A MIRAR A ROSANA FIJAMENTE.

ROSANA: (CALMADA) ¿Sabes, Raymond? Cuando mi mamá me sacaba a caminar, cuando yo salía tomada de su mano a pasear por Nueva York, un día, de repente, me inventé que esta no era una ciudad, sino que era un bosque y yo era un gorrión. (RÍE) Sí, yo era un pequeño gorrión y a brinquitos y desde abajo, veía y oía el boscaje. (PAUSA CORTA) Contemplaba los distintos colores de las personas que se aproximaban y me pasaban por el lado. Gente amarilla, gente azul, gente roja. ¡Los oía! Eso me encantaba, escucharlos. Unos hablaban inglés, otros italiano, otros español, otros árabe, chino, qué se yo. Eran tantos los idiomas en los que conversaban que yo, como no sentía que vivía en una ciudad sino en un bosque y me creía gorrión, pues ya no los vi como personas sino que también me los imaginé como pájaros. Para mí ya no eran idiomas lo que hablaban, sino que eran miles de gorjeares los que me cruzaban, rasantes, por un lado. Siempre oí trinos. Tal vez por eso, cuando crecí, me hice dramaturga, para descifrar, con mis diálogos, las tonadas de tantos canturreares. (PAUSA CORTA) Crecí. Llegué a adulta y Nueva York aún seguía siendo mi bosque. Sus aceras eran para mí, senderos y atajos verdes. Sus edificios enormes, eran arboledas grises, castañas, pardas, rojizas. (RÍE) Después nacieron árboles de cristales azules, escarlatas, naranjas. (PAUSA CORTA) ¿No te parece, Raymond, que las aceras de Nueva York, día a día, como que se achican? Sí, sus aceras pareciesen hacerse cada día más angostas y tratamos de no hablar y mucho menos de rozarnos. No nos rozamos. Es como que si en el alma se nos cerraron puertas por donde antes invitábamos a los otros a entrar. (PAUSA CORTA) Claro, igual seguimos contándonos la vida en distintos idiomas y cruzando Nueva York a toda prisa. Pero, ahora, andamos también como buscando un gigantesco umbral por donde huir de la ciudad. Pero he descubierto que el umbral no está, no se consigue, estamos prisioneros, adentro, bien adentro. Cada uno es su propia jaula. Pero también, Raymond, nosotros somos la hendija por donde se entra y se sale de Nueva York. (PAUSA CORTA) Antes, cuando era niña, cuando paseaba con mamá, yo veía que cada quien se agachaba a recoger de las aceras su poquito de alpiste donde siempre había un sueño bonito, un sueño por venir. Ahora caminamos por esas aceras desasiéndonos, como de un carapacho, de los sueños colosales que jamás alcanzaremos. (RÍE) ¡Ah, y sus noches, Raymond, las noches de Nueva York! Antes, como para mí no era ciudad, sino que era bosque, los taxis no eran taxis sino miles y miles de cocuyos que nos iban alumbrando el follaje para regresar al nido. (PAUSA CORTA) Ahora la noche es otra cosa. Taxis que se escabullen… cocuyos que no se detienen para alumbrarnos… Ojos turbios… Ojos mirando, con miedo, siempre hacia arriba. Y ya no hay trinar, sino un quejido que brota de los callejones en penumbras. De los callejones, Raymond, donde reposan, juntos, hambre, basura, botellas y belleza. Ahí, en esos callejones, el gemir de seres derrotados. Ahí, en esos callejones, hombres, mujeres y niños, defendidos solamente por perros erizados de dientes amenazantes. Las noches de Nueva York… los transeúntes que regresan del trabajo, siempre cargados con bolsas y paquetes, siempre comprando algo… Las prostitutas, apresuradas, corriendo hacia los autos que se detienen un segundo. Las prostitutas trotando hacia ellos al ritmo entalonado del amor. Y, de inmediato, entre la sed y el hambre de penes, desbocando sus caderas, llegan los gays y los travesti y, de seguidas, con la nariz goteante, las manos en los bolsillos, en un andar de lado y lado, aparecen, desde las sombras, los traficantes. Pero… de repente, todos huyen. Sí, huyen los autos que se detuvieron un segundo. Huyen las prostitutas, los gays, los travesti, los traficantes. Huyen los transeúntes que regresaban de sus trabajos, dejando tiradas en las aceras sus paquetes y sus bolsas. Huyen los hombres, mujeres y niños que viven en los callejones y hasta el perro que los defendía huye con el rabo enroscado entre las piernas. Toda la ciudad huye, despavorida, mirando hacia el cielo, al apenas escuchar el murmullo de un avión. Y, de inmediato, las calles y avenidas y los callejones se quedan vacíos y sólo el viento silba abriéndose paso entre el humo desolado que brota de las alcantarillas. (PAUSA CORTA) Antes, cuando para mí no era ciudad, sino un bosque, los aviones no eran aviones, sino cisnes de plumas abrillantadas buscando un nidal tibio. Ahora no. Ahora, aquí, abajo, el miedo es el único plumaje del corazón. Antes, Raymond, antes, aquí, abajo, no había miedo del hombre dorado y la mujer dorada, ni del hombre azul y la mujer azul, ni del hombre rojo y la mujer roja. Antes, aquí, en Nueva York, las aceras caminaban aromadas de todas las razas de la tierra y no había miedo. No era ciudad, era bosque, y las aceras eran un vasto huerto de nacionalidades donde escogíamos nuestra fruta y la propia compañía para volar y siempre había espacio para el hombre y la mujer multicolor y había espacio para el bullicio, para quien amaba la algarabía, y había espacio para la música, para quien amaba los infinitos solfeos de pieles y de razas y creencias. Pero… hoy… ya no es así. ¡Hoy Nueva York es nostalgia y extrañeza y fuga y terror! ¡Y arriba, ahora, los avisos de neón no dejan sitio más a la vista! ¡Y arriba, ahora, hay un cielo de aviones dando vueltas y apuntándonos!

RAYMOND SE LEVANTA Y CAMINA PARA IRSE.

ROSANA: No, no, Raymond, no te vayas, por favor.

RAYMOND SE DETIENE QUEDANDO DE ESPALDAS A ROSANA Y OBSERVANDO, CON TEMOR, HACIA EL CIELO.

ROSANA: No te he dicho todo esto para angustiarte, sino porque quiero que me comprendas. Quiero que comprendas mis martes y ese martes. Sí. Mis martes que tanto te molestaban porque no sabías a dónde me había ido. Ahora te lo diré.

RAYMOND SE GIRA Y LA MIRA.

ROSANA: ¿Raymond, tú has visto, alguna vez, un cementerio de pájaros?

RAYMOND SE EXTRAÑA.

ROSANA: Sí, Raymond, un cementerio de pájaros. ¿Lo has visto alguna vez?

RAYMOND NIEGA.

ROSANA: Nadie lo ha visto. ¿Y sabes por qué?

RAYMOND, MIENTRAS ROSANA HABLA, VA LENTAMENTE HACIA AL EXTREMO DEL BANCO Y SE SIENTA.

ROSANA: Nadie lo ha visto porque aquí en la tierra no hay cementerios de pájaros, Raymond. Y no los hay, porque ellos, los pájaros, no abandonan a sus aves muertas. No lo hacen. Al morir un pájaro, se lo llevan en su pico y lo elevan alto, alto, más allá de las nubes y luego lo dejan caer y el ave muerta se va desplomando, derrumbándose, desplumándose, deshaciéndose y a medida que cae se va transfigurando en brisa. Por ello, cada vez que un pájaro vuela, lo hace con respeto y reverencia, pues sabe que la brisa es un cementerio de aves muertas. Nosotros, en ese respeto y reverencia, jamás hemos podido parecernos a los pájaros. No. Nosotros, a nuestros muertos, los olvidamos. Imagínate, Raymond, sólo imagínate que moriste como… como… a los setenta años. ¿Te parece?

RAYMOND NIEGA.

ROSANA: Bueno, digamos entonces que moriste a los ochenta años. ¿Estás de acuerdo?

RAYMOND, AUNQUE AFIRMA, LO HACE CON UN DEJO DE INSATISFACCIÓN.

ROSANA: Está bien, Raymond, digamos pues que moriste a los cien años.

RAYMOND LO PIENSA Y DE SEGUIDAS HACE UN LEVE GESTO DE CONFORMIDAD.

ROSANA: Perfecto, moriste a los cien años y llevas muerto… digamos que como veinte años. Y tu tumba está inmunda, casi derruida. Y tú ahí, abajo, triste, porque quién te asegura que luego de uno estar muerto no hay tristezas. Entonces, de repente, sientes que alguien limpia tu tumba, que le coloca flores y que luego una voz, acompasada, de mujer, dice una oración por ti. Y después, después, Raymond, esa mujer te llora. ¿Ah, qué te parecería si eso te sucediera?

RAYMOND, AFIRMA, ENTUSIASMADO POR LA IDEA.

ROSANA: ¡Sí, Raymond, de pronto, esa mujer te sorprende con su llanto! ¿No te emocionaría eso, Raymond?

RAYMOND, AFIRMA, FELIZ.

ROSANA: ¿Ves que sí? Por supuesto que te emocionaría. Ay, ay, pero… pero… pero…

RAYMOND, PREOCUPADO, SE ACERCA, AÚN SENTADO, UN POCO A ROSANA.

ROSANA: ¡Pero quedarías intrigado! Muy intrigado. ¿No es así?

RAYMOND HACE RÁPIDAS AFIRMACIONES CON LA CABEZA. SE ACERCA AÚN MÁS A ROSANA.

ROSANA: Tal vez te preguntarías, por ejemplo: “¿Pero quién es esa mujer que me llora tanto?” “¿Cuándo la conocí?” “¿Será una antigua amante que ya no recuerdo?” Sí, entonces, satisfecho por ese llanto de mujer que te extraña tanto, tantísimo, te preguntarías: “¿Quién es esa mujer que, cómo todas la que me amaron, aún no me olvida?”

RAYMOND, INMENSAMENTE FELIZ, SONRÍE Y AFIRMA.

ROSANA: Claro, Raymond, que si después de morir a los cien años y permanecer enterrado veinte, te preguntaras que si quien te llora es una amante, serías un muerto bien estúpido.

RAYMOND DEJA DE SONREÍR Y LA MIRA SERIO, MOLESTO.

ROSANA: Por supuesto, Raymond, no te molestes, es la verdad. Pero saca la cuenta, Raymond, saca la cuenta. Lo más lógico es que creas que quien te llora es tu tataranieta. Bueno, eso en caso de que alguna mujer se haya atrevido, a escondidas, a desobedecer tu orden tajante de nunca tener hijos. ¿Qué harías, Raymond? ¿Te molestarías por ésa quien no acató tus órdenes de jamás tener un hijo tuyo? ¿O, se lo agradecerías, ante tanta soledad que había en tu tumba? En esa tumba tuya, Raymond, que ya nadie visitaba. No, no, no te incomodes, te dije que sólo era un ejemplo. No lo tomes de manera personal, Raymond. Lo que te quiero explicar es el por qué, los martes, yo me iba a los cementerios.

RAYMOND, AUN SENTADO, SE APARTA, SOLO UN POCO DE ROSANA, Y LA OBSERVA, INTRIGADO.

ROSANA: Los martes iba a los cementerios a visitar a los olvidados. Buscaba esas lápidas agrietadas, esas tumbas mugrientas… y las limpiaba y les colocaba flores y les rezaba y les lloraba. Era, ¿cómo decírtelo?… Era como darles una fiesta sorpresa a esos muertos. Después, cuando ya los había llorado suficiente, me les presentaba. (TRANSICIÓN, EN SITUACIÓN, COMO SI HABLARA CON UNA TUMBA) Hola, soy Rosana, una amiga. (PAUSA CORTA. VUELVE A CONVERSAR CON RAYMOND) Ellos no me retornaban el saludo, por supuesto. Luego de saludarles, les contaba de lo que sucedía acá arriba.

RAYMOND SE APARTA UN POCO MÁS DE ROSANA, SIN LEVANTARSE DEL BANCO.

ROSANA: Les contaba de la confusión de dioses y de sexos. Les explicaba que el Apocalipsis ya había llegado al mundo y lo vivíamos como un hecho diario, cotidiano. Les revelaba que ya ninguna tragedia nos sorprendía para nada. Y… también, les confiaba cosas íntimas, muy mías. Sí, Raymond, les relataba mis tristezas. (PAUSA CORTA) Un día… les conté… que… en un gesto de amor, yo fui a llevarte una manzana a tu camerino antes de que salieras a danzar… y… sin quererlo…te vi, besando los senos, perfectos, de azabaches, de Lucy. Yo… callada… sin hacer el más mínimo ruido, me retiré y regresé y me senté en mi butaca. Se levantó el telón. Luego los vi danzar. (PAUSA CORTA) Cuando en la casa me preguntaste que me había parecido tu danza con Lucy, no te reclamé por esos besos, sino que te hablé de la hermosura sagrada de tu pas de deux con ella. ¡Y era verdad, Raymond! Era verdad. Yo me estremecí de la belleza santificada, divina, de ustedes dos cuando danzaron. Era como el encuentro de un feroz halcón y una mansa colibrí de ébano. Y esa inocente colibrí que era Lucy, con la sutileza y gracia de su danza, transfiguraba la rabia y saña depredadora del halcón, en serenidad, dulzura y paz. Era, como el triunfo del arte sobre los horrores de la bestia. (PAUSA CORTA) Yo… allá… en el cementerio… le conté, a esos muertos olvidados, del gesto nocturnal de los pechos de Lucy en el aire del escenario, hasta que llegaban a tus manos y deslumbraban como dos soles de un mundo más allá de los mundos. Luego lloré, cuando le conté de los senos de Lucy encendiendo tu boca en el camerino.

RAYMOND SE LEVANTA DE UN ENVIÓN. INQUIETO, TEMBLOROSO, CAMINA DE UN LADO A OTRO SIN SABER SI SE QUEDA O SE MARCHA.

ROSANA: No, no, no, es un reproche. No te vayas. Yo lo entendí, te lo aseguro.

RAYMOND SE DETIENE, QUEDANDO DE ESPALDAS A ROSANA.

ROSANA: Sí. Entendí por qué después de besarle los senos a Lucy, emergías hacia el escenario con alas de pájaro divino. Entendí que los senos de Lucy eran la semilla celeste que te hacía volar al infinito. Halcón y colibrí, eran. Aves eróticas, eran. Pájaros amatorios, eran. Sexos en acrobacia, anchura, planeo, eran. En fin, genitales de dioses aves sobrevolando el firmamento, eran. ¡Cómo los adoré mientras danzaban!

RAYMOND SE GIRA Y OBSERVA A ROSANA.

ROSANA: ¡Sí! ¡No te asombres! ¡Los adoré a ambos! Adoré a Lucy, volando junto a ti, Raymond. Los adoré, porque cuando salían al escenario no danzaban. No. No danzaban, sino que convertían el aire en el único sitio habitable. Ustedes no danzaban, ustedes eran un elogio a lo fugaz. Ustedes, danzando, podían amenazar como tornado y de seguidas convertirse en viento calmo y crear un nuevo cielo. Ustedes, en su danza, me hacían sentir que el Edén había existido. En su danzar me hacían sentir que eran ustedes los verdaderos expulsados de la gloria de Dios. Que ustedes no danzaban simplemente, sino que volaban tratando de encontrar el camino de regreso al jardín celestial. Después de verlos danzar, jamás volví a sentirme tu esposa, sino que me sentí la serpiente y la manzana que les hacía imposible recuperar su Paraíso. Comprendí que si yo me oponía, que si yo te hacía la vida insoportable, no eras tú, ni Lucy, los que perdían, los que sufrirían, sino la danza. ¿Quién era yo, Raymond? ¿Pero quién era yo para tratar de arrebatarle arte y amor al mundo? Qué soberbia la mía y qué egoísmo. Preferí, entonces, no verlos danzar. Por eso no regresé al teatro. Tampoco quise volver contigo a sentarme en este banco, para ver el amanecer a través del puente de Brooklyn.

RAYMOND CAMINA HASTA LA BARANDA, SE SOSTIENE EN ELLA Y AHÍ SE QUEDA, MIRANDO EL RÍO.

ROSANA: Seguí contigo, es cierto, pero sin molestarte y mucho menos buscarte como esposa. Los dejé tranquilos. Tampoco los acompañé en la gira que hicieron por Europa. Los dejé amarse. Yo, dejando que se amaran, disimulando mi dolor porque te adoraba, era, a mi manera, un mecenas de la danza. Callarme mi sufrimiento fue mi modesto tributo al arte, porque ustedes, en el escenario, eran como el amor de Dios que había encontrado dos cuerpos que, danzando, lo santificaban. (PAUSA CORTA) Cuando regresaron de la gira de Europa, yo supuse que me pedirías el divorcio. Sin discutir, sin pelear, te lo iba a dar. Así es el amor, Raymond, todo lo da, todo lo soporta. Pero… regresaron, y no me pediste nada. Regresaron y luego de las funciones, volvías temprano a casa. ¿Qué había pasado? ¿Qué sucedía contigo y con Lucy? Tratando de entender lo que les pasaba, rompí mi promesa de no verte danzar y me fui al teatro. (PAUSA CORTA) Los vi danzar. Pero en tu danza había indolencia, dejadez, mucha técnica, eso sí, pero apatía hacia ella. Mientras que en la danza de Lucy, había dolor, desesperación, pero también un amor por ti más grande aún que el mío. No sabía lo que había pasado entre ustedes… hasta ese martes. Ese día, como siempre, saliste trotando bien temprano para ver el sol nacer desde el puente de Brooklyn y luego irte al ensayo. Ese martes, estaba tan cansada porque me había acostado tarde, escribiendo, que decidí no visitar el cementerio. Cuando me estaba bañando, fue que debió sonar el teléfono. Yo no lo oí. Luego, cuando ya me disponía a desayunar, aún en bata de casa, fue cuando me di cuenta que la luz de la contestadora parpadeaba. Pensé que era un mensaje tuyo para confirmar sí, como siempre, yo había salido sin decirte a dónde. Me senté. Pulsé la contestadora y… oí a Lucy…

LUCY: (VOZ GRABADA) Hola… soy yo… Lucy… antes que nada, perdóname, Rosana, por el mensaje que voy a dejar para Raymond. Será la única vez, Rosana, te lo prometo. (PAUSA CORTA) Raymond, yo no puedo vivir sin ti, pero tampoco sin él. Me pediste que suspendiera el embarazo y me negué. Entonces te alejaste de mí. Te rogué que habláramos, pero tu respuesta siempre fue la misma. Me decías que hablaríamos el día en que yo me hubiese deshecho del estorbo. Así llamabas a nuestro hijo: “El estorbo” No pude, Raymond, jamás hubiese podido hacerlo. Como sé que teniéndolo a él, te pierdo a ti, he decidido perderlos a los dos. Que mejor muerte para una bailarina que hacerlo danzando desde un espacio alto, alto. (PAUSA CORTA) Estoy en el último piso de una las torres del World Trade Center y de ahí saltaré, dentro de poco, para así danzar mi muerte y...

LA VOZ DE LUCY DEJA DE OIRSE PUES DE REPENTE SE ESCUCHA UNA TREMENDA EXPLOSIÓN Y DE SEGUIDAS GRITOS. LUEGO UN GRAN SILENCIO.

ROSANA: Yo corrí hasta el teléfono y llamé al 911, pero estaba ocupado. Llamé y llamé varias veces pero seguía ocupado. Yo tenía que salvar a Lucy, entonces, así, cómo estaba, aún en bata de casa, salí a la calle a tomar un taxi. Los taxis pasaban y no se detenían, Raymond. Al fin encontré uno y me llevó, pero no llegamos, porque todo el tránsito estaba trancado. Entonces me bajé y corrí hacia las Torres Gemelas. Corrí, corrí, pero la gente corría hacia mí y me tropezaba. Yo no entendía el por qué se me venía encima tanta gente. Era como un vendaval de pájaros, aterrados, huyendo, todos hacia mí. Cuando al fin llegué a las Torres, abajo la gente gritaba y lloraba. Yo creí que era por Lucy. De repente escuché como un retumbo, crudo, de hierros aullando. No era un trinar, sino el rugir de una horrible ave extraña, antigua, desconocida, doliéndose en un gorjear metálico que le punzaba desde las entrañas. Esa ave, matándose, nos hizo a su vez su presa y su tumba. Enseguida todo fue humo… y oscuridad… y silencio… y más silencio. (PAUSA CORTA) Luego… no sé cómo… yo estaba acostada en una calle que era una montaña de escombros… y… un bombero me tenía puesta en la cara una mascarilla y… ahí… anidada sobre una cumbre de ruinas, de cabillas retorcidas, de paredes derruidas y ese humo… no sabía quién era yo… no recordaba mi nombre. El bombero se fue para meterse de nuevo en los escombros y… y desde el cielo… como un huevo inmenso de una ave prehistórica, una cúpula cayó sobre él y ya no lo vi más y de nuevo el humo, el humo, el humo. ¡Ay, ese humo! Yo me quité la mascarilla… y… y me levanté… y comencé a caminar. Y así… caminando, caminando, he pasado todo este tiempo. Caminé. Caminé. Caminé. ¡Cuánto caminé, Raymond! Hasta que, ayer, cuando pasaba frente a un cementerio, me detuve. Y recordé. Y decidí venir. Y esperarte. Y contarte.

PAUSA. ROSANA SE PONE DE PIE, Y VEMOS QUE VISTE UNA BATA DE BAÑO, SUCIA, EN HARAPOS.

ROSANA: Raymond, ya me tengo que ir. Disculpa que no me quede contigo a esperar el amanecer aquí, observando el puente de Brooklyn. Es que todo cambió desde ese día en esta ciudad, Raymond. Es que, desde ese martes 11 de septiembre, ya los amaneceres no son lo mismo. Tal vez, mañana, en esta ciudad nacerá otra niña que la perciba como bosque y a sus habitantes los imagine como pájaros. Y esa niña será también gorrión y trinará de alegría porque sus edificios y calles y avenidas volverán a ser una arboleda y sentirá la fiesta de encontrarse y soñará que Nueva York está llena de nidos bonitos, tibios, donde cabemos todos. (PAUSA CORTA) Ahora no es así. (PAUSA CORTA) Adiós, Raymond, estoy retardada y aún tengo mucho que caminar en Nueva York.

ROSANA VA SALIENDO.
RAYMOND SE GIRA Y LA VE IRSE. INTENTA SEGUIRLA, PERO SE DETIENE, PERTURBADO. ROSANA SALE TOTALMENTE.
RAYMOND, DOLIDO, CASI DANDO TUMBOS, VA Y SE SIENTA, DEJÁNDOSE CAER EN EL BANCO.
SE COMIENZA A ESCUCHAR “RAPSODIA EN AZUL” DE GEORGE GERSHWIN.
AL FONDO DEL PUENTE DE BROOKLYN, VA NACIENDO LA LUZ DE UN ESPLENDOROSO AMANECER.
TELÓN.

QUEDA PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DE “World Trade Center” ASI COMO SU REPRESENTACIÓN POR CUALQUIER MEDIO SIN LA AUTORIZACIÓN ESCRITA DEL AUTOR QUE BIEN PUEDE SOLICITARSE A SUS CORREOS ELECTRÓNICOS nestorcaballero@cantv.net o cabanestor@hotmail.com

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