viernes, noviembre 04, 2005

 

MISTER JURAMENTO

MISTER JURAMENTO
Monólogo de Néstor Caballero
(en la actualidad este monólogo está en temporada en el teatro del Celarg, jueves a domingo a las 9:30 pm)

A Franklin Virguez,
la primera Susanita Ponds.


PERSONAJE

Susanita Ponds

ESCENOGRAFÍA
Una rockola. Un parabán. Una mesa con espejo y bombillos al estilo camerino. Una silla. Un tubo donde cuelgan diferentes trajes para festejos. Foto grande de Julio Jaramillo a la que se le ha colocado una cinta negra en señal de duelo.

SE ESCUCHA MÚSICA CANTADA POR JULIO JARAMILLO. AL TERMINAR SE ESCUCHA FANFARRIA DE SHOW. CESA LA FANFARRIA.

Locutor: (OFF) Y directamente desde Miami para este homenaje al ídolo de multitudes, a nuestro inmortal Mister Juramento, Don Julio Jaramillo, nos llega ahora la sin par, la inigualable, la increíble, la Voz de Oro de América, Susanita Ponds. Un aplauso para ella.

SE ESCUCHAN APLAUSOS GRABADOS.
ENTRA SUSANITA PONDS. VISTE DE MUJER EN RIGUROSO LUTO. LLEVA PAMELA Y VELO. SUSANITA HACE REVERENCIAS Y AGRADECE LOS APLAUSOS. LUEGO VA HACIA LA ROCKOLA, PULSA UN BOTÓN Y CESAN LOS APLAUSOS. VUELVE AL CENTRO DE LA ESCENA.

SUSANITA: Gracias, de verdad, muchas gracias. Me siento muy honrada con esta invitación. Julio Jaramillo se hubiese sentido muy contento por el homenaje que se le rinde. Yo canté a su lado muchas veces. Canté en Caracas, en Perú y en Méjico. Y como yo muchos fueron los artistas que compartieron el escenario con él. Aunque no lo crean, Julio Jaramillo era un caballero. ¿Qué como lo conocí se estarán preguntando? Por Fatalidad. Pero no, permítanme que les explique, no por fatalidad, fatalidad. Sino por la canción. Fue su primer cuarenta y cinco. ¿Recuerdan los cuarenta y cinco? Unos disquitos negros, con un hueco grande en el centro. Eso era un cuarenta y cinco. Pero era más, era el lazo de los despechados, de los desesperados, un cuarenta y cinco era como nosotros, negrito, latinoamericano, con un hueco mayúsculo en el centro del corazón. Un despecho sin un cuarenta y cinco, no era despecho. Una iba a la rockola, lo colocaba, y para todos era maravilloso el avance de la ciencia cuando la rockola, solita, escogía el disco, lo llevaba muy lento, con cuidado, le daba la vuelta y lo hacia sonar. Primero un sonido rúas...rúas… rúas... después la guitarra, luego la voz y tras de ella nuestro llanto. La rockola era la computadora del desamor. Ahora todo ha cambiado. ¿Ustedes se pueden imaginar a una, despechada frente a un C.D.? Jamás. Un disquito perfecto, plateado, brillante, sin los surcos, pero por sobre todo, con un huequito ínfimo. Es que un C.D. tiene un hueco pequeño, pesimista. El C.D. es casi un disimulo de huequito. El Cuarenta y Cinco no, el Cuarenta y Cinco es un hueco desmesurado, casi un escándalo de agujero. Y así es el despecho, una escandalera, la única oportunidad del hombre de ser femenino. Sí, así como lo oyen. ¿A quién no le han dicho: los hombres pujan pero no lloran? Pues los Cuarenta y Cinco nos permitían pujar y llorar por ese hueco descomunal que es el despecho. Por un hueco morrocotudo que se fue, por un hueco colosal que no nos hicieron, o por un hueco breve que fue nuestro, pero que ahora es hueco membrudo y descomunal de otro. El C.D. no es eso, el C.D. es hueco microscópico, gorgojo, raquítico, deficiente, como diciendo esto no es hueco, esto es ñinguita de ahuecamiento, esto es vergüenza de hoyo. El Cuarenta y Cinco te dice: ¡ahora hay boquete para rato! Además que el C.D. es tan bonito que provoca hacer un collar y exhibirlo. Nada más que comprarlo, deshonra. ¿Tiene el C.D. de “Te Odio y te Quiero”? O, señor, véndame el C.D. “Odio en la Sangre”. No, por favor, jamás. Se pierde machurria, lágrima, compostura y arrechera. Un C.D. es un adorno, un Cuarenta y Cinco es para golpearse el pecho. ¿Qué les decía? Ah, sí, lo de Fatalidad. Yo trabajaba en el Chez Martini. Un Danci. (RÍE) Ay, pensarán ustedes, pero de dónde desencamó esa palabra. En los Dancis había una luz medio bajita, algunas veces velas, agarradas de mano, show y mucho baile. ¿Pero qué se bailaba? Guarachas, mambo, hasta fox trop. Imagínense que ingenuidad de sitio. Un Danci era, comparado con las discotecas de hoy, un Centro Cívico. Pero para qué les cuento, de seguro hay muchos aquí, de los llamados de la Tercera Edad, que más de una vez menearon el esqueleto en uno. (AL ESPECTADOR) Mira esa de ahí, la que disimula. Y mira aquel, tiene una cara de toro corrido en siete plazas. Pues bien, lo más escandaloso eran unas partes llamadas Reservados. El Reservado no era más que una mesa, un sofá de dos puestos y una cortinita para que los demás no vieran lo que estaban haciendo, pero que todo el mundo sabía. (A UN ESPECTADOR) Ajá, usted que está allá, sí usted. ¿Qué cree que estaban haciendo? (ESPERA) Besarse, nada más eso, besarse. Hasta ahí llegaba lo reservado porque primero, todos te veían entrar. Segundo, la fulana cortinita, transparentaba. Y tercero, tratar de hacer algo en ese sofá era para un especialista en contorsionismo. Era mínimo, aparte de que la espalda del sofacito, daba con la espalda del otro sofacito del otro Reservado. Besos, solo besos. (PAUSA CORTA) Antes un beso era el fin, la meta, la luz al final del túnel. Ahora no, un beso es sólo el comienzo, un beso hasta se salta. Ahora es pantaletita abajo y manos arriba en la primera cita. (A UNA ESPECTADORA) Dígalo ahí, usted que tiene cara de moderna, de pájara brava. (A OTRO ESPECTADOR) Es verdad. Antes el cortejo, el caramelito. Antes, te pasaban hechos los locos varias veces frente a un hotel para ver si caías. Ahora no. Ahora las mujeres ya llevan su preservativo en la cartera. (A LAS ESPECTADORAS) Vamos ver: ¡carteras afuera! ¿Se asustaron? Seguro que más de un preservativo encuentro. ¿Ustedes no se han preguntado por qué los preservativos los venden en número de tres? Sí. Un preservativo no venden. Te venden un paquetito de tres. ¿Será por aquello de los Tres Platos que llaman? (A UNA ESPECTADORA) Mira esa como se ríe, sinvergonzona. Sí, todo cambia, como dice La Iguana, una filósofa amiga mía que era la dueña del Bar La Esquina del Movimiento en Catia. Hasta el preservativo cambia. Ya no son aquellos con nombre de perro, cómo es qué se llamaban... (AL PÚBLICO) Dígame usted... cómo es qué se llamaban aquellos preservativos con nombre de perro casero... Ajá, Sultán. Así era que se llamaban. (SILBA COMO LLAMANDO A UN PERRO ) Sultán... Sultán. (COMO LOCUTORA) El preservativo Sultán, el mejor amigo del hombre. (NORMAL) Esos sí eran preservativos. Secos, casi ásperos, redondos, con cara de pocos amigos. Eran unos preservativos que casi ladraban. Transparentes. Es decir, usted veía lo que consumía. Ahora no, ahora son de colores. A mi nunca me ha pasado, pero yo veo un hombre con la cosa azul, rosada o verde olivo, y me muero de la risa. Y no sólo son los colores, también los sabores. De piña, mango, parchita, melón, melocotón, fresa y hasta hay uno nacional con sabor a cambur titiaro. El Sultán no. El Sultán sabía a Sultán y a la hora de la verdad casi a mal de rabia. Ahora hay unos con campanillas y otros que si usted los toca con el dedito, suena la música de Navidad, Navidad, linda Navidad. Ay, pero ya me perdí otra vez. Ajá, ya sé, hablábamos del Danci y de cómo conocí a Julio Jaramillo. Esa noche él debutaba en el Todo París, otro Danci, más prestigioso que el Chez Martini. Lo más granado de la política, de la Higt Society se daba cita ahí. El Todo París era la meta de todo artista y de todo conspirador. Sí, así es. El Todo París era un reducto democrático. Por un lado los militares, por otro los espías, por otro los conspiradores y un poquito más allá los transformistas. Terminé mi show en el Chez Martini y volé prácticamente al Todo París a escucharlo y... y a bailar. Pero nada de eso... nada de sexo... nada de bojotico pegado y una preguntando: ¿mi amor, todo eso es tuyo? O... ¿te pagaron en monedas y te las metiste todas al bolsillo? No, bailar solamente. Sentir un hombre que te lleva, que te eleva, que te ordena los pasos, que tu corazón late al ritmo de él. Que no estás sola. Un baile es eso, no estar sola y danzar al compás de un estamos juntos. Ay, pero qué fastidio, dirán ustedes, ya esta loquita se puso patética. No es patetismo. Bailar es como los patitos. Sí. Igual. Bailar es como los patitos que nadan en los estanques... juntos... y de repente un patito mete la cabeza debajo del agua... para mirar... como para saber si hay alguien debajo de su cama. Zúas, mete la cabeza debajo del agua y enseguida el otro patito hace lo mismo. Bailar es eso, saber que si uno mete la cabeza debajo de la cama, el otro también lo va a hacer. (PAUSA CORTA) Una vez en el Todo París, sentada, tomándome como toda una dama un Perfecto Amor, se me acerca un catire alto, como de dos metros, que caminaba medio echón. El hombre que se acerca y yo que me acuerdo que no me había colocado bien apretado el tirro que me sostenía las toronjas. Sí, el tirro. Antes para transformarse, había que ingeniárselas. Un par de toronjas en el sostén, sostenidas por una diez vueltas de tirro, cuatro pantaletas y adentro papel toilet, y golpecitos aquí y golpecitos allá, para dar forma a las nalgas. De verdad, ese día estaba esplendorosa. La Iguana me había prestado un Vestido de Noche, verde, ceñido al cuerpo, el busto de lentejuelas, tacones de patente de igual color y una boa, felpuda, roja. Parecía una perica, pero Real eso sí. (TRANSICIÓN. COMO HOMBRE) ¿Está sola? (COMO ELLA) Y afirmé con la cabeza, no vaya ser que la voz no se me atiplara y se rompiera la magia. El se sentó. (COMO HOMBRE) ¿Ya veo que está tomando un Perfecto Amor? (COMO ELLA) Nueva inclinación de cabeza con ligera sonrisa. Y no es que me gusta el Perfecto Amor que siempre me ha parecido como tomar crema de dientes, sino que te da cierto misterio, cierto caché. Un Perfecto Amor conserva la distancia, es como que me emborracho pero conservo el aliento fresco y sin caries. El hombre comenzó con su ataque, el tradicional. (COMO HOMBRE) Mucho gusto Leonel Cortés. (NORMAL. COMO ELLA) Y yo, por aquello de que los cortés no quita lo valiente, le extendí la mano. Claro, mano con guante de satén verde hasta el codo. Le dije, lo más atiplado que podía: Susana. El dejó mi mano agarrada y para despejar dudas le señalé mi cuello y agregué: estoy ronca. El sonrío y me llamó voz sensual, aterciopelada, cándida y remató. (COMO HOMBRE) Eres una María Félix... ¡papiaita! (COMO ELLA) Comenzó el Show. Una coreografía fabulosa, de esas Safaris, con cazadores, con indiecitas senos al aire, tambores, cambures, palmas, sudor y muchos negros. Eso era puro trópico. (COMO HOMBRE) ¿Le gusta? (COMO ELLA) Yo, leve inclinación de cabeza y fulgida sonrisa. (COMO HOMBRE) ¡Que sonrisa tan bella tiene, parece una luna plateada de plenilunio. (COMO ELLA) Pensé: es un poeta, un hombre sensible, cuando se haya tomado tres o cuatro tragos más, tal vez exista algún acercamiento. Y así fue. Después del show continuó con el ataque. (COMO HOMBRE) ¿Eres casada? (COMO ELLA) Breve negación con la cabeza. (COMO HOMBRE) ¿Divorciada? (COMO ELLA) Leve gesto de conformidad parecido a un sí. (COMO HOMBRE) ¡Que tonto ese hombre que te dejó! Una mujer como tú, tan delicada, con esa mirada de verde esmeralda que brota del mar y en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol. (COMO ELLA) Bueno original, original no era, pero no se puede esperar un hombre perfecto y menos en el Todo París a las doce de la Noche. Me sentía cortejada, respetada. El pasó del champagne al roncito con hielo y de ahí saltó al anís purito. Se quedó absorto, mirando alrededor. (COMO HOMBRE) Te confieso algo, Susanita. (COMO ELLA) Y me agarró el guante. (COMO HOMBRE) Te confieso algo y en esta confesión pongo mi vida en tus manos. (COMO ELLA) Me dije, nada, me va a contar lo de su esposa, que no se la lleva bien, que se siente solo, que no la deja por los niños, lo clásico. (COMO HOMBRE) Pero debo hablarte en voz baja, es un secreto, es delicadísimo lo que te voy a decir. (COMO ELLA) Imaginé algo como... “Susanita, mi gran secreto es que... cómo decírtelo... de un tiempo para acá me ha dado por mirar... óyelo bien, mirar nada más... por mirar hombres y... pues soñar que me hacen carantoñas en la espalda”. Pero nada de eso. (COMO HOMBRE) Soy espía. (COMO ELLA) Leve gesto de respingo y asombro de mi parte. (COMO HOMBRE) Sí, espía. Vengo aquí todas las noches porque se está preparando una conspiración contra mi General. (COMO ELLA) ¿Contra su General? ¡Entonces sí era de los nuestros! Tenía un General para él solito. El tenía su General y alguna que otra loquita quería quitárselo. Conspiración para mí, era eso. Un poco de loquitas que deseaban enamorarle a su General. Pero qué significaba yo para él... ¿un pasatiempo? Me dije, tacto Susanita, tacto, como me recomendaba siempre La Iguana. Tacto, y el tacto fue lo que me perdió. Llegó el gran momento. Anunciaron a Julio Jaramillo. Todos se pusieron de pie. Generales, políticos, travestidos, conspiradores y espías aplaudieron. Cantó “Devuélveme el corazón”. (TARAREA) Después, la gente coreó: “Arrepentida”... “Arrepentida”. “Arrepentida”. Julio Jaramillo comenzó a cantar. Leonel Cortés, algo turulato por la ronda de anicitos, se acercó más a mí. Sus ojos, vidriosos, aguaditos y aguarapados junto a los míos que se cerraron y el Todo París andando y la pregunta. (COMO GALÁN) Susana, ¿tú crees en el amor a primera vista? (COMO ELLA) Rápidos gestos de sí con la cabeza. Me besó. Era mi primer beso. Sí. Aunque no lo crean. Me besó y la noche se me llenó de lentejuelas verdes, de canarios, de cohetones de año nuevo, de mujer soy y... (CANTA) “Arrepentida buscarás alivio a tu alma y entre lágrimas amargas, sola y triste llorarás”. (NORMAL) Leonel Cortés era mío. Me sentí conspiradora, extremista y pone bombas. (FÚRICA) No joda, que su General se busque a otro. (APENADÍSIMA) Ay, perdón, disculpen, se me salió el macho. Soñé enseguida que Leonel Cortes y Susanita Ponds anunciaban casita, fidelidad, hijitos adoptados y vida eterna. Un beso, todo lo que puede hacer un beso. (PAUSA CORTA) En el momento en que Julio Jaramillo comenzó a cantar Fatalidad, él me sacó a bailar. Leonel, me refiero, no Julio Jaramillo. Me confié y Fatalidad fue mi fatalidad. Leonel comenzó a murmurarme en la oreja. (COMO HOMBRE. CON PASIÓN) Te quiero, me gustas, princesa. (COMO ELLA) Y de ahí pasó a... (COMO HOMBRE. CON LASCIVIA) Cosa rica, buenota, sabrosonga, no me dejes así. Vámonos, morronguita, que hay un hotelito enfrente.Ven, vamos, ricura, que mira que no me aguanto, que tengo la cosa como pata de perro envenenado. (COMO ELLA) Traté de soltarme y él que mete la mano bajo mi vestido y siente. Y se detiene. Y palidece. Y se enfría. Y se embronca y me manda un puñetazo en pleno rostro donde saltaron las lentejuelas de mi sueño y el dientito de aquí. Después las patadas. El Todo París que gira. Fatalidad que no termina de ser cantada. Vasos y copas que se quiebran y frente a mí Julio Jaramillo que le asesta un botellazo al poco cortés de Leonel mientras le dice: ¡a las mujeres ni con el pétalo de una rosa! Leonel que cae y grita: ¡esa mierda no es una mujer! Con mucha delicadeza, sin perder mi aire de señorita, porque aún lo era, no vayan a creer. Con mucha delicadeza me toqué los labios... y me desmayé. Es que no puedo ver sangre y menos sí es la mía. Me desperté en un auto donde me dieron a oler Cuerno de Ciervo. Era él, Julio Jaramillo en persona con un corchito apestoso a Cuerno Ciervo frente a mi nariz. (COMO JARAMILLO) Siempre llevo Cuerno Ciervo. Es lo mejor para quitar una rasca. (COMO ELLA) Gracias, le dije sin atiplar la voz. Me arreglé el escote que se le habían salido las toronjas. Le di las gracias y me bajé del carro. (COMO JARAMILLO) ¿Adónde vas? (COMO ELLA) A la Esquina del Movimiento, le respondí. (COMO JARAMILLO) ¿Y donde queda ese Cabaret? (COMO ELLA) Lloré, porque ahora mi carrera estaba acabada sin el diente. (COMO SI HABLARA CON JARAMILLO) Es un barcito, en Catia, pero arriba es una pensión. Ahí vivo con mi amiga... La Iguana. (COMO JARAMILLO)) Súbete, te llevo. (COMO ELLA) No lo podía creer. El gran Julio Jaramillo me llevaba a mi casa. Ay, ojalá que toditas estén despiertas porque se van a poner moradas de la envidia. Para evitar que mi cara volviese a caerse a golpe con un puño, le dije de primera: él tiene razón, no soy mujer. Jaramillo, tranquilo, siguió manejando. (COMO JARAMILLO) Lo sé. No me importa. Por fuera eres un hombre pero por dentro seguro que eres mujer. Cada quien vive como quiere. Putas, borrachos, cornudos, maricas y lesbianas, mal heridos de amor, de ahí vengo. Mi mundo es el de los caídos. (PAUSA CORTA. COMO ELLA) Llegamos y como si hubiese vivido toda su vida en ese Bar de Catia, enseguida estaba rodeado de gente y le pasaron un guitarra y cantó Botecito de Vela. (TARAREA) Después La Iguana me preguntó que había pasado y se lo conté. (COMO LA IGUANA) Pero tú eres gafa, muchacha, no sabes que los militares hablan así. Mi Teniente, mi Capitán, mi Sargento, de bromita estás viva. (COMO ELLA) Entonces le hablé de los patitos... del baile, los patitos que miran debajo de la cama. Julio Jaramillo, delante de todos me dijo. (COMO JARAMILLO) Ven, patito, vamos a bailar. (COMO ELLA) Y bailamos, bailamos mientras él cantaba Fatalidad. Y no me sentí patito, sino un delfín dando coletazos en el agua. Y desde mi diente partido, desde mi mujer por dentro, volví a llorar, pero de no de tristeza, sino de agradecimiento porque él sí comprendía, él era del despecho, él era del jaboncito gastado en un lavamanos de prostíbulo, él era del dolor de pobre ron y anís, pues que él era en fin el cantante de nuestra miseria... el del amor perdido en los charcos de la noche. (PAUSA) Ahora escuchen Fatalidad.

COLOCA LA CANCIÓN FATALIDAD CANTADA
POR JULIO JARAMILLO Y BAILA SOLA.

SUSANITA: (DA UN TRASPIÉS Y CASI CAE) Discúlpenme. Es que los transformistas somos como los boxeadores, tenemos que retirarnos a tiempo. La edad nos pesa. Hay otras a quien no, como a La Iguana. Esa está igualita. (PAUSA CORTA) La Iguana. Ella es como yo, pero del otro lado. Es decir, a ella le gusta lo que a mi me gustaría ser. Sí, lo de La Iguana son las mujeres. La vida no es justa. Yo debí ser mujer y La Iguana hombre. Claro, a La Iguana le gustan las mujeres pero tiene sus recaídas. Esa misma noche me retiré a mi cuarto y me acosté a esperar a Jaramillo, pero me dormí. Ella, La Iguana, se acostó con él. (PAUSA CORTA) ¿Ustedes se han imaginado lo que es un burdel en la mañana? La mañana comienza a la una de la tarde. Esos son limones, bicarbonatos, aspirinas, pero sobre todo mucho silencio y soledad. Y la soledad huele. Todas están, pero no están. Cada quien se sienta con su agua de limón con bicarbonato, sus aspirinas, su café negro tinto. Se van pintando las uñas. Nadie habla... sólo gruñidos... suspiros largos... el rimel corrido, desmelenadas, el cigarrillo desganado en los labios y el licor viejo que tienes por dentro, que lo respiras. Y te bañas, te perfumas, pero siempre se te queda hondo, como burlándose. La soledad tiene un olor a aguardiente viejo ligado con pintura de uñas. El burdel es nuestro castillo encantado y nosotras somos Cenicientas sin Hadas Madrinas. Cenicientas que a la una de la tarde nos vemos ya sin magia. Ay, pero que dramática me puse. (SEÑALA A UNA ESPECTADORA) Mira aquella señora de allá, casi llora. Está bien que este sea un homenaje póstumo pero tampoco así. Cuando un cantante como Julio Jaramillo se muere, debe ser una fiesta. Se debe llorar pero de envidia, porque de seguro que ese, en el cielo, debe estar echándose palos y persiguiendo angelitas. (COMO ANGELITA) Auxilio, auxilio, San Pedro, ahí está otra vez el ángel Jaramillo levantándonos la falda. (PAUSA CORTA) Al día siguiente salieron los dos muy bañados y La Iguana me mira y yo ahí, triste, rabiosa, pero contenida, mirándome la boca sin el dientecito. Jaramillo se acerca, me palmea el hombro y me dice: en esta vida todo pasa. Sentí su solemnidad, su solidaridad, la profundidad de ese pensamiento. La Iguana, filósofa al fin, al lado de él agregó: sí, en esta vida todo pasa, hasta la ciruela pasa. Y se cuajaron de la risa. (RÍE) Los quise tanto en ese momento. Es que ella me hacía reír porque se inventaba cada cosa. Jaramillo me dijo que tenía un amigo dentista que arreglaría mi problema. Fuimos. Claro, me vestí de hombre porque el fulano dentista tenía su consultorio nada más y nada menos que en el Cementerio y no era cuestión de tentar a la suerte. No hay nada qué hacer, dijo el dentista. Entonces Jaramillo le propuso: pero hermano, él es un artista, ayúdalo, yo te pago con canciones. El dentista se entusiasmó y así, mientras me colocaban un diente de oro, Jaramillo cantaba Interrogación. (LA TARAREA) El dentista que se apasiona y le dice que si le canta tres canciones más, él me pone otro diente de oro. A mí me pareció fascinante para mi carrera artística y agregué: para eso que cante ocho y me los pone todos de oro. Trato hecho y pasó desde Amor sin Esperanza a Sacrificio colándose hasta por Migajas. Desde ese momento sería conocida como Susanita Ponds, la Voz de Oro de América. (RÍE) Julio Jaramillo y yo teníamos tanto en común. Ambos veníamos de un barrio. El papá de él era zapatero y mi papá sastre y yo era un desastre. Pero, que culpa tenía yo si era así desde pequeña. Me encantaban las revistas que tenía mi papá donde aparecían hombres con trajes. Me fascinaban. Había uno que vestía un traje llamado Príncipe de Gales. Eso era verlo y suspirar. Y mi papá, ingenuo él, me decía: mijo, cuando tengas dieciocho años, te voy a hacer un traje como este que tanto te gusta y después te llevo a un burdel, para que te hagas hombre. Me quedé en el burdel, pero no precisamente siendo hombre. Es qué, cual podía ser el destino de una mariquita del barrio El Guarataro en los años cincuenta. El burdel o la policía. Es que antes era terrible, no como ahora que ser maricón es moda y los hombres escasean. Antes puro padrote, guapetones, tira coñazos pues que llaman. Ay, perdón, disculpen la palabrota. ¡Y los juegos! Que si pelota de goma, que si trompo, que si troya. Mi papá me echaba a la calle para que fuera todo un varón, para que aprendiera a defenderme, para que me ejercitara jugando papagayos, pero yo que va, me iba a dónde una amiguita llamada Claudia Delgado a recortar muñequitas de papel. (A UN ESPECTADOR) Ajá, ahí está, mira ese como puso la cara. Bueno, sí, mariquita desde chiquito y por supuesto nada de Papagallos. Es que... bueno yo era así como una Mamágallos. Las madres me amaban y me dejaban con sus hijas. Ay, Claudia Delgado, ella me vestía con sus jumpers azules, la blusa blanca de faralaos y jugaba conmigo como si yo fuera su hermanita. Yo, refulgente, con la boca pintada de rojo, hasta que un día llegó su papá, que era autobusero y me descubrió. Le dijo a mi papá... y mi papá lloró. Me prometí que nunca más lo iba a hacer llorar y por un tiempo lo intenté, quise ser hombre y hasta noviecita tuve. Carolina, se llamaba la pobre. Al principio todo bien, hasta besitos pero en el gran momento nada... nada. Hice el esfuerzo, pero para mí hacer el amor con una mujer, era algo así como luchar contra una almohada. Una almohada de plumas me refiero. Carolina, preocupada... triste. (EN SITUACIÓN. COMO CAROLINA) ¿Pero qué te pasa, Pedrito? (NORMAL. AL PÚBLICO) Pedro Maldonado es mi nombre de pila, pero no lo digan porque pierdo glamour. (EN SITUACIÓN. COMO PEDRITO) Nada Carolina, nada. (PAUSA CORTA) Fue todo tan patético... desnudo, con mi pitiminí chiquito, caído. Yo era la viva imagen de un muñequito de Toddy. ¿Lo recuerdan? Un muchachito desnudo que casi no se le ve el pipí. Pues bien, así era. (COMO CAROLINA) ¿Es qué no te agrado, Pedrito? (PAUSA CORTA) Me preguntaba, ahí, también desnuda en el Hotel Macuto. Sus senos inmensos, redondos, y su cosita ahí, más bien cosota, negra, peluda, como una muñeca pero despeinada, ustedes saben. (PAUSA CORTA) De repente me puse a reír y ella no entendió y se fue. Pero no me reía de su muñeca despeinada, me reía de mí, de esta equivocación, de esta mujer que soy castigada en un cuerpo de hombre. Varón no... yo era varona. No pude más. Me fui de mi casa. Conocí a La Iguana. Me quedé en el burdel. (PAUSA CORTA) Antes era difícil ser así, ahora no, en esta época los hombres son como los teléfonos, la mayoría no sirven y los que sirven están ocupados. Pero es que también tiene que ser así, porque Caracas es gay. (A UN ESPECTADOR) Sí, señor, no se moleste, pero es verdad. Y cómo no lo va a ser con ese himno que tiene y que se canta desde chiquito. ¿Ah, no? Fíjese, cómo se puede ser un palo de hombre si usted canta: (CANTA) “Yo nací en esta rivera del Arauca vibrador”. (NORMAL) Vi... bra... dor... Es que uno escucha vibrador y se estremece desde la profundidad, desde los anales de una misma que llaman. Pero eso no queda ahí. ¿Usted se imagina machote y con voz gruesa cantando. (CANTA) “Soy hermano de la espuma, de la garza y de la rosa”. (NORMAL) ¡De la rosa! Uno no dice soy hermano del barro, del gavilán pollero y del mango de hilacha, por lo menos. No señor, de la rosa. Y no cansado de rosas, remata. (CANTA) “Canto, lloro, sueño, con claveles de pasión”. (NORMAL) Es que la cosa es con clavel y todo. (SIN CANTAR. AL ESPECTADOR) No se moleste, que el que se pica, es porque ají come. Miren, con esa cancioncita hay que ser bien macho para no terminar botando plumas. Además, he visto machos que a la hora de la verdad tienen su mariquita en el escaparate. Sí, así es. Esos son los que se burlan más. Que si prendemos empujados, que si botamos la segunda. Ajá, pero dejen que se echen unos traguitos para que ustedes los vean contando chistes sobre locas y con otros traguitos más, y haciéndose los borrachos, comienzan con aquello de: ¡bájenme los pantalones que voy a vomitar! Es que no son machos, son machas. De esos hombres tengo un saco. (PAUSA CORTA) Pues sí, el burdel o la policía. Pasé por los dos. Me gradué. Pero cuando estuve en la policía fue una cárcel política. (RÍE) ¿Pero político... eso? ¿Cómo va a ser político esa mariquita? Pues sí, fue una cárcel política. Es verdad. La Esquina del Movimiento se había hecho popular, porque todo cantante famoso de los que conocía Julio Jaramillo, terminaba su farra allá. Uno de ellos, Genaro Salinas, que cantaba una canción bellísima que decía... (CANTA) “Sufro al pensar que el destino, logró separarnos”. (NORMAL) ¿La recuerdan? A él lo llevó Jaramillo y cantaron un mano a mano. Comenzaron a las tres de la tarde y eran las siete de la mañana y ellos ahí. Nadie se movía. La gente quieta, muy callada, como si el cielo los tocara, como si nos volviéramos buenos con sus canciones, como si nuestro dolor fuera el dolor de ellos mil veces. (PAUSA CORTA) Todo iba mejorando. La gente asistía a La Esquina del Movimiento por montones, porque podrían encontrarse que Julio Jaramillo había llevado a Daniel Santos o a otro de sus amigos y escucharlos cantar sin pagar un centavo más. Con esa clientela comencé a ahorrar para... bueno... para ser mujer pues. Había leído que en los Estados Unidos un hombre se había convertido en mujer y yo quería serlo. Cuando lo leí me dije, lo hago y de seguro que algún hombre me podrá querer. Todo lo que ganaba, lo metía en el banco. Empezaba a irme bien. La Iguana, que era buenísima para los negocios, se había comprado una casita en la Guaira, una sucursal de La Esquina del Movimiento. La Iguana era una empresaria. Aún lo es y eso que se metió a evangélica. Así como lo oyen. Un día llegó una tal señora Nataly y empezó a conversar con La Iguana y dale que dale y cuando la vi, estaban agarradas de mano, con los ojos cerrados y rezando. Ahora los domingos, en la mañana, la Esquina del Movimiento es un templo y todas las putas están obligadas a ir al culto. (TRANSICIÓN. EN SITUACIÓN) Pero Iguana, cómo es eso, estás o no estás con Dios. O es burdel o es iglesia. (COMO LA IGUANA) Susanita, tú no entiendes, los tiempos han cambiado. El libre mercado no tiene por qué pelearse con la religión. Yo soy una evangélica Neoliberal. (NORMAL) Así es ella. Ay, ya me perdí otra vez. Es que cuando yo trato de aclarar, oscurezco. ¿De qué les hablaba? Ajá, sí, de qué nos iba bien y yo ahorraba. Pero cuando el pobre lava, llueve. Ya Jaramillo se había ido. Estaba triunfando por Méjico. Genaro Salinas se había quedado en Caracas. Estaba enamorado de una actriz, que a su vez era novia de un Jefe de Policía del Dictador. Un día lo encontraron muerto en la calle y para tapar la cosa llegaron hasta la Esquina del Movimiento. Entraron... y que si conspiradores... y que terroristas... y toma una patada, toma un planazo y ahí estaba él... Leonel Cortés y... aunque yo estaba con camiseta, pantalón de kaki y zapatos de Goma Espuma, me reconoció. ¡Este es mío! Llover golpes, eso fue. Llovía pescozones y no escampaba. Leonel Cortés me pasó para un calabozo donde yo no podía ver, no sé si por lo oscuro o porque tenía hinchada la cara de los porrazos que me habían dado. Leonel Cortés dijo: ¡este es maricón, carne fresca, se los regalo! Y lo que yo soñé como algo bonito se volvió rancio. Fue un hombre y fue otro y otro... y ya no supe más... y la política fue para mí una noche irrespirable y un hombre cuajado por el sexo. (PAUSA) Por favor, alguien tiene un cigarrillo. (FUMA) Tomé mis ahorros y me fui a Méjico. Pero me fue bien, estupendo. Por favor, nada de caras largas. (A UNA ESPECTADORA) Ay, usted no se le puede decir algo triste porque enseguida tiene dos goterones en los ojos, igualita a Montilla. Ay, Franklin Delano Montilla, mi primer y gran amor. (ALEGRE) Ajá, fíjense como se entusiasman. Ya esta mariquita nos va hablar de sus andanzas mexicanas. Pues sí, lo voy a ser. Franklin Delano, como lo supondrán, era maracucho. Al principio les confieso me era indiferente. Además yo venía de algo tan horroroso que no quería saber de hombres. En Méjico me ayudó muchísimo Jaramillo. El tenía pegado “Sombras”. (TARAREA QUEDO) Eran colas y más colas de gente que lo iban a ver cantar. Intenté acercarme, pero que va. Hasta guardaespaldas tenía. Ni al camerino se podía llegar. Necesitaba trabajo. Los ahorros se me habían ido entre el pasaje y el hotel. Me enfundé unos pantalones anchos. Me amarré una almohada y encima me puse una ruana, con dibujos de amapolas y girasoles. (TRANSICIÓN) Dígale a Jaramillo que lo busca su esposa de Ecuador y que sí no me recibe, voy a parir aquí, en pleno pasillo de su camerino. (COMO ELLA) Corriendo lo buscaron y soltó la carcajada al verme. (COMO JARAMILLO) Carajo, Susanita, tenías que ser tú. (COMO ELLA) Me dio unos pesos y consiguió que cantará después de él, en un Nigt Club llamado Las Mil y Unas Noches. Méjico, estaba avanzadísimo. Enseguida me afilié a la A.T.P. Asociación de Travestis Tapatíos. Me dieron mi carnet y hasta de día podía caminar entaconada por la Plaza Juárez. Méjico fue una revolución para nosotras. En Las Mil y Una Noche conocí a Franklin Delano Montilla. Antropólogo, mesonero y comunista. ¿Era como para huir no? Siempre tuvo deferencias para conmigo. Se acercaba todo caballeroso y me preguntaba qué iba a beber. Después que lo supo, me lo servía sin pedírselo. Sí, Perfecto Amor pero ahora con conchita de limón y sal. Todo charro. (COMO MONTILLA) Me dijeron que usted es venezolano también. (COMO ELLA. LO CORRIGE) CORRIGIENDO) Venezolana. (COMO MONTILLA) Sí... por supuesto... claro... venezolana. (APAGA EL CIGARRILLO) Me encendía los cigarrillos, buscaba conversación y pues... sucedió. A mi lo que me llamó la atención de él, fue su segundo nombre: Delano. Me dije, por ahí debe parpadear y no me equivoqué. Un día se quedó en mi piso. Sí, porque yo había alquilado un departamento y comenzaba a ahorrar para operarme. No era en Estados Unidos, la cosa era en Suiza. Lo que pasaba era que la Misuko se había operado allá y no lo había dicho por temor a que la superaran. La Misuko, fue la pionera. Era marica pemona. Sí, así cómo lo oyen. Un médico se enamoró de ella y le pagó la operación. Quedó igualitica a Patricia Velázquez. La Misuko tenía unos senos como dos picos de cerro y naturales. Nació así, parece. El Doctor la vio, se enamoró y la mandó a operar. Pero no era eso de lo que les estaba hablando era de ... ajá... de Méjico. Franklin Delano cargó mi maleta con mi vestuario y afeites desde Las Mil y Una Noche hasta mi departamento. Por cortesía, le ofrecí café y él me pidió algo más fuerte. Recordé que tenía una botella de ron venezolano y él se entusiasmó. Cuatro palos y cada vez que me decía algo, me tocaba. Hablaba y se le aguaban los ojos. ¡Como hablaba Franklin Delano! Hablaba de la Virgen de Chiquinquirá, que para él era una traslación del complejo de Edipo, y me tocaba el hombro. Hablaba de los Huevos Chimbos, que eran su fascinación, y me tocaba el muslo. Hablaba del furruco, de su incidencia en la cultura musical del Caribe, y me tocaba la rodilla. Me dije: ¿será que quiere guerra? Ah, no, mi amor, entonces metí mano y esperé apretando bien la boca no vaya a ser que perdiera mis dientes de oro... pero nada. Delano hablaba y hablaba, lloraba emocionado hablando sobre los aztecas y su propensión al picante, y yo metía mano y metía mano, tratando de sopesar su chirel. Para matarles la curiosidad, él era así como standard, nada del otro mundo... era como Self Service... recortadito. Cuando me empezó hablar de la nación guayú, la cosa se puso buena y... a la hora de la verdad... nada. Franklin Delano caía... caía y caía hasta que se convertía en un frijolito saltarín, arrugado, tímido, huidizo. Y se dormía. Sí, aunque no lo crean, se dormía. Lo mío era mirarlo dormir. ¡Que pe-na-li-dad! Al otro día no se hablaba del asunto. Malo no era, Franklin Delano. Cuando me levantaba tenía el desayuno listo... mis atuendos preparados... había agua caliente en una olla para que me bañara, pero Franklin Delano, nada. No tocaba el tema. Se iba a trabajar, a comprar sus libros o pasarse horas enteras en la biblioteca pública. Me llenó la casa de libros gigantes, estrambóticos y polvorientos. Las madrugadas se convirtieron en suplicio, porque yo insistía y Franklin Delano se dejaba agarrar mientras hablaba y hablaba, emocionado, con goterones saliéndole de los ojos. Pero al momento de la verdad, nada. (PAUSA CORTA) Su mamá le mandaba todo los meses una caja de huevos chimbos que Franklin Delano devoraba en una semana. En mi angustia, veía los huevos chimbos y trataba de explicarme sí eran la causa de la caída de Delano. Observaba los huevos, amarillos, solemnes, coloniales. Los probaba, me empalagaba, lloraba. ¡Odiaba esos malditos huevos chimbos! Pero a quién se le ocurriría inventar un postre que se llame huevos chimbos. Porque huevo suena atractivo, varonil, retador, lo malo es lo chimbo, porque chimbo me sonaba a caído, a discreto, a pura bulla, a plagatox que marea pero no mata. Huevos Chimbos era Delano. El con su Virgen de Chiquinquirá y yo con la Virgen de Guadalupe. Fui y le recé y llegó el milagro. Una madrugada en la que Delano leía, hablaba y lloraba simultáneamente, mientras yo metía mano y metía y metía, sucedió. Pero no por mí, sino por una revista que comenzó a hojear y de repente su excitación fue creciendo, creciendo. Me molesté y quise ver lo que leía. Pensé... ¡Play Boy! Pues no, era nada más y nada menos que una Revista National Geografig, donde aparecían los Tótem de la Isla de Pascua. Eso lo excitaba, lo volvía loco de pasión. Sí, así como lo oyen. Entonces, cada vez que yo quería su amor, apelaba a la fulana Revista. Fue intensa, culta, totémica nuestra relación. Hasta que un día, por uno de esos ligeros temblores que se dan en Méjico, el ensayo del show se suspendió y regresé al apartamento más temprano. Ahí estaba Delano, llorando, desnudo, frente a la revista, masturbándose. Me gritó que ya no necesitaba de nadie. Me dijo que los Semidioses se masturbaban. Agregó que el desarrollo de las culturas se debía a las formas cada vez más sofisticadas de masturbación. Que él las había probado todas. Desde la masturbación con concha de mango de los Clanes de la India, hasta la masturbación con flexiones de pecho sobre aceite de coco de las Tribus de Babilonia. Lo último, lo que no soporté, fue que con lágrimas en los ojos, preso de las más grande felicidad, expuso que había descubierto el paso de Semidiós a Dios con la masturbación del yo. Se paró a un ladito del espejo de mi peinadora, como si se escondiera de sí mismo. Se agarró su frijolito y viéndose las nalgas mientras pegaba un salto hacia el otro lado del espejo, vociferó: ¡ese culote! Fue terrible. Le pedí que se fuera y lo hizo. Lo último que supe de él fue que lo llevaron a un hospital, porque en la Universidad Autónoma de Méjico, en un acto de graduación, en medio de todas las autoridades, se le ocurrió dar una demostración práctica de su teoría. En el quinto bautizo, del quinto hijo, de la quinta mujer que había tenido Julio Jaramillo en Méjico, le conté mí vía crucis con Delano. Jaramillo, entre trago y trago me dijo: ¡menos mal que te quitaste de encima a ese pajuó! En fin, para abreviarles el cuento. En Venezuela tumbaron al Dictador y Jaramillo regresó a cantar. Ya era famosísimo, mucho más famoso que antes. El que se viene y yo al mes que me regreso. Claro, de peso a bolívar, tampoco era mucho, pero tenía algo, algo, ya la operación para mí estaba más cerca. Llego a la Esquina del Movimiento con mi maletero, vestida de tehuana, con zarcillos toltecas y el cabello largo a lo Dolores del Río. Entro sin tocar y comienzan los cohetes y las locas corriendo y tirando los colchones en el piso y me emocioné. ¡Que lindo gesto de La Iguana recibirme así con esa algarabía! Pero que va, no era un recibimiento, no eran cohetes, sino que en esa época, Catia era una plomazón todas las noches. (PAUSA CORTA) Era lindo regresar. Era lindo ser tía. Sí, tía, porque aquellas noches de tórrido romance entre La Iguana y Jaramillo, habían dado sus frutos. Era tía de un varoncito de cinco años. Julito Manuel, se llama. (PAUSA) No... no era lindo regresar. Saben... la cuestión no es irse, sino regresar. Porque una se va con la esperanza de un futuro lindo... de que cuando regreses todo será perfecto... mejor. Entonces una regresa creyendo que lo que se quedó sigue igual. Y no es así. Una regresa y todo como que se movió, como que te cambiaron de sitio los recuerdos... como que te movieron tus alegrías un poco más allá. Y aquello que veías grandote, no era sino chiquito... que te arrinconaron las nostalgias... que te achicaron lo bonito. La Iguana, para que yo no sufriera, no me había escrito que a mi papá se lo habían llevado. Como Leonel no me encontraba, se llevó a mi papá. Se lo llevó y nunca regresó. Ni siquiera tengo su tumba para rezarle un padrenuestro. (PAUSA CORTA) Fui hasta mi casa... hasta la sastrería. Todo estaba revuelto. Me llevé sus revistas... una tiza azul con la que marcaba las telas y... el traje Príncipe de Gales. Me lo había hecho. Como siempre, Jaramillo me ayudó. El cantaba ahora en Le Garaje. Que sitio tan exquisito. Ahí no habían los muebles tradicionales, sino asientos de carros... faros de autos en lugar de velitas... a los reservados les pusieron una corneta para llamar al mesonero y se bailaba en una especie de pista de carreras. Vivía de bote en bote y me inventé mi Espectáculo de Los Boleros Rancheros de Susanita. Salía de Mariachi con una pistola de balines, entraba disparando, gritando uyuyuyúi y me lanzaba a cantar Curucucucú paloma. Todo un éxito. Y, como a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos, me encargué de Julito Manuel. Le planchaba su guardapolvos, lo llevaba hasta la Escuela República del Ecuador, lo iba a buscar, le tenía su almuerzo listo, le ayudaba con las tareas, le daba su cena, lo acostaba a dormir y me iba para mi Show. Hacía mi trabajo, agarraba un taxi y me regresaba. Veía a Julito Manuel dormir y... yo era feliz. (PAUSA CORTA) Nada de hombres. Pero nada de nada. Hasta que un día. (A UN ESPECTADOR) Ajá, mira ese, se le pusieron puyudos los ojos. Pues sí. Pero yo no andaba buscando nada. Resulta que canté como nunca “Allá en el Rancho Grande”. (CANTA BREVE) Y como siempre, ovaciones. Desde la barra, un hombre aplaudía más que cualquiera. Dejaban de aplaudir y él seguía. Ah, por supuesto que me interesé por ese admirador y así, mientras cantaba... (CANTA) “De piedra de ser la cama, de piedra la cabecera”. (NORMAL) Me fui acercando, micrófono en mano hacia la barra. Me deslumbró. Era negro, pero pulido, brillante, como de ébano importado y lo mejor, en su pelo achicharradito un mechón blanco. Y no se fue por las ramas. Yo cantándole y él, de repente, se agarra aquello y túcuti, se lo sube un instante. A mí casi se me cae el micrófono. Tomó un trago y túcuti, se agarro la cosa y se la subió. Pero todo muy breve, no vayan a creer que se pegaba ahí. No. Era algo sutil, como una contraseña de amor entre él y yo. Nuevo túcuti y me dije: de piedra no ha de ser la cama con ese mulato. Al terminar el Show caminó hacia mí, me abrazó durísimo y me besó. Así es, sin pasar por los tiempos. (COMO HOMBRE) ¿Tú conoces la Barca de Oro? (COMO ELLA) ¿Quieres que te la cante? Le contesté. Me volvió a abrazar durísimo y me besó en la boca más duro todavía. Yo estupefacta, atónita, pasmada, turulata pues. No entendía. Me extendió la mano y se presentó. (COMO HOMBRE) Gustavo Sánchez. (COMO ELLA) Le extendí la mía y me la trituró de un apretón. (IMITANDO) Puedes llamarme Gustavito, todos me llaman así en el campo. (COMO ELLA) Ah, me dije. Es campesino. (COMO GUSTAVO) Estoy súper alegre. Ayer pasé a profesional. (COMO ELLA) Y se agarró abajo, rápido, con la mano derecha y túcuti, se las subió. (COMO GUSTAVO) ¡Déme un Etiqueta Negra y para la señorita un Perfecto Amor! Porque seguro tú debes tomar Perfecto Amor. (COMO ELLA) Y se agarró abajo, rápido, con la mano izquierda y túcuti se las subió. (COMO GUSTAVO) Tú no eres como las otras cantantes. A ti se te ve la categoría por todas partes. (COMO ELLA.) Y se agarró abajo, rápido, con las dos manos y túcuti túcuti, se las subió. Fue un túcuti Bis, que llaman en música. Estaba que caía abatida por ese gesto que me invitaba, pero preferí hablar para proteger mi dentadura de oro. (COMO SI HABLARA CON EL.) Mira, Gustavo. (COMO GUSTAVO. RÁPIDAMENTE) Dime Gustavito. (COMO ELLA) Está bien, Gustavito. Yo no soy lo que tú ves. Tú me ves otra, pero soy otro. ¿Entiendes? (PAUSA CORTA) Gustavito se quedó en silencio. Un mutismo vertical, macizo. Y sin más, sentado en la barra, sin mirarme, pasó su brazo por mi hombro. Me trajo hasta sí y me apretujó, me aplanó de ternura mejor dicho. (COMO GUSTAVO) Lo mío es la pelota. (COMO ELLA) No lo entendía. ¿La pelota? (COMO SI HABLARA CON GUSTAVO) ¿La... la pelota? ¿Cómo que la pelota, Gustavito? (COMO GUSTAVO) Pasaron el noticiero de la película y lo vi. Ahí estaba Babe Rut y todo el Stádium se levantaba para aplaudirlo. Estaba viejo, gordo, cansado, ya se retiraba. Desde que tenía diez años lo supe. Desde ese momento me he levantado a la cinco de la mañana y he trotado por la calle Bolívar, la única calle pavimentada de mi pueblo. De Macanao. Sí, yo soy de la isla de Margarita. Esa calle Bolívar de Macanao, desemboca en la playa y yo seguía trotando mientras los pescadores se burlaban: ¡Conejo! ¡Venado! Me gritaban. Después de trotar, agarraba mi bate. ¿Mi bate? Un palo, un palo de guayaba que yo mismo había recortado, lijado y le había dado forma de bate. Entonces en la playa, bateaba las conchas de mejillón, las de pepitona, las piedras, los botutos. Todo lo que se me atravesaba por delante lo bateaba. A mí también me iban a aplaudir. A mí me iban a hacer en Macanao una calle pavimentada. Hoy firmé como novato en Los Leones del Caracas. Mañana comienzo los entrenamientos. Tú me gustas pero yo amo la pelota. ¿Ya terminaste tu show? Entonces vámonos. Te llevo a tu casa. (COMO ELLA) Salimos y ahí estaba esperando su motocicleta. Se puso un casquito de cuero, como de piloto y me dijo que me subiera. Ay, me monté. Así como monta a caballo María Félix en Doña Bárbara. Pues bien, así, de ladito. Llegué toda despeinada. Me bajé. Y Gustavito, sin bajarse de la moto, me besó, me apretujó, me comprimió con un abrazo y antes de arrancar me dio una soberana nalgada que me hizo caer los zarcillos. Todo un round de cariño. Encendió la moto, se hizo un nuevo túcuti y se fue. (PAUSA CORTA) Me enamoré. Es que entre el túcuti y esa nalgada, se robó mi corazón. Fue una nalgada definitiva. Fue un túcuti rotundo para mi vida. (PAUSA CORTA) Enamorada y preocupada por eso de que amaba la pelota, se lo conté a La Iguana. Ella, filósofa procaz al fin, me dijo: pero está bien mijita, él con su pelota y tú con su bate. (CANTA) “Yo ya me voy, al puerto donde se haya, la Barca de Oro, que destrozó mi canto. Yo ya me voy”. (SIN CANTAR) Y Gustavito me llevó en su moto, que para mí no era moto sino barca blanca que rugía, ligera, mientras navegaba por la carretera del Junquito. (CANTA) “Yo ya me voy, sólo vengo a despedirme”. (SIN CANTAR) Llegamos a un Hotelito. Entramos a la habitación. Me besó... se cerraron mis heridas... la habitación se alumbró con su cuerpo. Quedé muda al pie de su hombría y la barca ya no era barca, sino velero mariposa cuando con dulzura me acarició la cara. Me besó en la frente y sentí mis lágrimas con sabor a sal marina. Me inclinó sobre él y conmigo se inclinaron todas las maricas del Universo. (CANTA) “Adiós mujer, adiós para siempre adiós”. (SIN CANTAR) Era Diciembre cuando fui de Gustavito. Su dulzura para amarme fue mi Niño Jesús. Bailamos toda la Navidad. Bailamos y bailamos y me sentí como un arbolito de Noche Buena con luces amarillas, verdes, rojas, parpadeantes por supuesto. (PAUSA) A Julito Manuel lo enseñó a batear. A La Iguana le decía suegra, imagínense. La Iguana orgullosísima. (COMO LA iGUANA) Consérvalo, Susanita, ese negro vale una Barca de Oro. (PAUSA CORTA. COMO ELLA) Y... pues, para conservarlo, para que esa Barca de Oro con chicharroncitos blancos navegara sólo para mí, quise complacerlo en todo. Había leído, en una revista llamada Mujer de Hoy, que se debía compartir las actividades del ser amado para conservarlo. Entonces me puse unos pantaloncitos cortos, una franela ancha que en homenaje a él decía en letras doradas: Margarita, y lo acompañé a correr en la madrugada. Sólo aguanté tres cuadras y pasé una semana en cama que no me podía mover. Me dolían desde los tobillos hasta las cejas. (PAUSA CORTA) El no era exigente con las comidas, pero sí con las bebidas. Al regresar de trotar, tenía que tenerle preparado un bebedizo de jugo de naranja con zanahoria, remolacha, miel, berro, vino Sansón, tres amarillas de huevo y dos ojos de ganado. Sí, guácatele. Pero a él le gustaba. Un día le dije que si podía acercarme al stádium y llevarle su potingue. Fue la única vez que me alzó la voz. (COMO GUSTAVO) ¡Nunca! ¡No quiero que vayas nunca! (COMO ELLA) Lo acepté. Jaramillo no se sorprendió de nuestra relación y me dijo. (COMO JARAMILLO) Es que a todos los beisbolista les gusta que le agarren las nalgas. ¿Tú no ves que se saludan dándose agarraditas de culo? (COMO ELLA) Nunca lo había visto. Jamás me había interesado por el béisbol hasta el día en que conocí a Gustavito. (PAUSA CORTA) Gustavito se mudó conmigo. Ya no canté más. Gustavito corría con todos los gastos. Un fin de semana la pasábamos con Julito Manuel por los parques, por el zoológico, y otro fin de semana el niño se quedaba con su mamá, con La Iguana. Gustavito y yo nos íbamos entonces como de Luna de Miel para el Junquito. Había conseguido el patito que para siempre iba a asomarse conmigo debajo de la cama.(PAUSA) Gustavito comenzó a salir en los periódicos como el Novato del Año. Me pegaba a la radio cuando le tocaba batear. No entendía el juego... nunca lo entendí. Quise hacerlo y me decidí ir al stádium. (PAUSA CORTA) La verdad es que también la Vanessa, la Tamoa y la Marlise, me llenaron la cabeza de cosas. Que si él no quería que yo fuera porque de seguro tenía su jujú con otra. Que si en el stádium me estaba jugando quiquiriguiki con la taquillera. Que si tenía otra loquita que le estaba dando vueltas. Me dejé arrastrar por los celos. Entonces, en el Partido Final de la Serie, fui hasta allá con mis tres amigas. (AL ESPECTADOR) Sí, son amigos, pero ellas por dentro también son mujeres. (PAUSA) Al principio no vi a Gustavito porque estaba metido como en una cueva que está en pleno stádium. Un agujero a donde se apretujan a mascar chicle. Pero, permítanme que les describa lo que vi. El famoso partido lo hacen en un campo de tierra, donde hay unos caminitos que terminan cada uno en una almohada. Los beisbolistas están regados por ahí... escupiendo. Cada uno tiene un guante, grande, de esos con dedazos, horrible. En el medio de ese tierrero, hay otro beisbolista que está montado en un... ay, déjenme ver como es el acento porque si no meto la pata y vuelvo a decir una palabrota. Ajá, está montado en un mon...tí... culo. Pues ese que está ahí, tiene una pelotita que la mariposea y la revolotea y la revolotea. Enfrente de él, se para el otro jugador con el bate y detrás, hay uno con máscara, agachadito, que le hace morisquetas con la mano al que tiene la pelotita que la mariposea y la revolotea y la revolotea. Detrás del agachadito morisquetero, hay otro señor que está de luto y usa un chaleco antibalas pero grande, casi hasta las piernas. El hombre de la pelotita que la mariposea y la revolotea y la revolotea, se la lanza durísimo al agachadito morisquetero y el del bate fuás, propina un palazo en el aire. El señor serio, el de luto, grita: ¡La trae Juan! Los que están en la cueva comiendo chicle, protestan y empiezan a escupir. El agachadito morisquetero devuelve la pelota y Juan no aparece por todo eso. Digo yo, que como Juan no aparece, el hombre del montículo agarra la pelotita y la mariposea y la revolotea y la revolotea y la vuelve a lanzar al agachadito morisquetero y el del bate fuás, zumba otro palazo en el aire. El señor serio que está de luto grita: ¡la trae Jesús! Ah, pero ahora se molestan todos y escupen al mismo tiempo. ¡Hasta el público escupe, que asco! Pero el fulano Jesús no aparece por ninguna parte. El agachadito morisquetero devuelve la pelota, pero esta vez hace un gesto como grosero con los dedos, así, como, perdonen la expresión, pintándole una paloma al otro que está en el mon... tí... culo. El se pone fúrico, escupe la pelota, la mariposea y la revolotea y la revolotea y la lanza al del bate que ahora le pega a la pobre pelotita que se va y se va y se va hasta que cae lejísimo. Todos los demás corren a agarrar a la pobre pelotita. El hombre suelta el bate y empieza a correr machacando a las pacíficas almohaditas. Machaca la primera, machaca la segunda, machaca la tercera almohadita y va corriendo hasta el señor de luto. Pero los que están atrás, han agarrado la pelotita y la han lanzado. Y la pelotita viene volando, volando, volando, casi alcanzando al del bate y cuando este ya ve que la pelotita está llegando primero que él, pucutún, se lanza de nalgas y rueda hasta darle una patada a la infortunada almohadita del señor de luto. La gente grita: ¡con Ron, con ron! Ay, pero yo creo que ni con árnica se le quita ese golpe en las nalgas a ese hombre. (PAUSA CORTA) Pues bien, al fin salió Gustavito de la cueva y se acercó a batear. Ay, no aguanté y las tres gritamos a la vez. ¡Ole, Gustavito, Ole! Gustavito volteó y ahí estábamos nosotras, afocantes porque la Vanessa se llevó su traje blanco plisado, la Tamoa se vistió de rumbera, a lo Carmen Miranda con un sombrero de frutas y flores en la cabeza, la Marlise, recatadita, un traje de llanera con sombrero pelo guama. Y yo, pues yo, para no ser menos, me vestí con mi traje de Charra. Falda grande, negra, con arabescos dorados, blusa con motivos precolombinos rojos, chaquetín corto y sin las pistolas, por supuesto. Gustavito cuando nos vio, se quedó de una sola pieza, paralizado. Después se animó y se puso a batear. Cada vez que bateaba, le lanzábamos claveles y gritábamos: ¡ole! Gustavito, porque sabe que no me gusta la violencia, nunca golpeó a la pobre pelotita y la gente comenzó a pitarlo. Entonces me ofusqué y le di un taconazo a un espectador que le gritó ¡ñero maricón! Otro espectador me lanzó una botella de cerveza, pero me agaché y se la pegó a un boy scout. Ahí se armó la grande porque eso fue botellas de aquí para allá y la gente corriendo, gritando, saliéndose del stádium como podían. A mi prácticamente me arrastraron pero salí sin un rasguño, a Dios gracias. La Vanessa sí, pobrecita, le pasaron como cien personas por encima porque se enredó con los tacones y se cayó al suelo. Aún, la pobre, camina algo renca. Afuera estaban unas jaulas de la policía y nos llevaron a todas. Salí a los tres días y... y cuando regresé... ya Gustavito no estaba. Lo esperé... lo esperé... Me eché a morir. Sí. Una puede morir de amor, lo sé. No comía... en un vaso que traen los velones, me preparaba un jugo de esos de sobrecito, koolaid de frambuesa que era lo único que me provocaba... y me tragaba un valium... y me dormía. Jaramillo fue y me cantó de todo menos boleros de despecho. Cantó guarachas, cumbias, pasodobles, pero yo no sabía vivir sin mi Gustavo. Tuvieron que llevarse a Julito Manuel que era el que menos comprendía. La Iguana fue para consolarme, para decirme: “hombres es lo que sobran”. Pero... cuando una esta sí, eso no reanima, no, es peor, una quiere a un solo ser, a ese que ya no está y que encuentras en todas partes... hasta en las sombras de tu cuarto. Y... algunas veces el amor es tan cruel. Gustavito entró, vestido así, de blanco, con su cachuchita de pelotero tirada hacia atrás. Se sentó al lado de la cama, me tomó de la mano y la de él era tibia, suave, fuerte, su mano acunaba la mía y me dijo, cálmate Susanita, todo pasó, estoy aquí y ya no me voy más. Me besó y me desperté. Era un sueño. El no estaba, pero yo todavía sentía su beso blando disolverse en mis labios. Y el dulce fue amargo. Y me tomé todo el frasco de valium, para que si Gustavito regresaba, aunque sólo fuera como un sueño, se quedara. Recuerdo que ya me sentía flotar y no aparecía Gustavito. Yo flotaba y... y me costaba respirar y... entendí... esto es la muerte. Jaramillo me encontró. Estuve en el hospital y... no quería salir más de él. Un día, los que estaban hospitalizados y las enfermeras, armaron un escándalo viendo la televisión y entonces lo vi. Julio Jaramillo estaba preso. Ya no pensé en Gustavito sino en salir de ahí. Y lo hice. En La Esquina del Movimiento La Iguana me contó que parecía que Jaramillo, rascado, andaba manejando su carro y se llevó a una señora por delante. Lo habían llevado a la cárcel de Tocuyito. Lo visité. Miércoles y Domingo yo viajaba a Tocuyito para que él sintiera que no estaba solo. Lo encontré vuelto un palillo. Se le veían hasta los huesitos de las costillas. Flaco como un silbido. Se estaba muriendo con el encierro y era urgente sacarlo de ahí. El no se quejaba. Lo soportaba sin decirme lo horrible que yo misma sabía que era una cárcel. Lo único que me pedía era que le trajera Loción para después de afeitarse. Todas las semanas tenía que llevarle un frasco de Loción para después de afeitarse, de esas verde y que seguramente regaba en su celda para espantar el olor de la prisión. Jaramillo estaba arruinado, como siempre, no tenía ni un centavo y yo igual. Mis ahorros se habían ido pagando la clínica. Entonces rifé la radio, el televisor, mis trajes, hice colectas, recorrí todos los bares pidiendo colaboraciones para poder pagar el abogado y sacar a Jaramillo de la cárcel. La Iguana, mucho más práctica que yo, implantó el Polvo Jaramillo. ¿A qué no saben lo que era? Pues que todas las putas, un día a la semana, tenían que colaborar con el cincuenta por ciento de lo que hicieran. Ninguna se quejó, todas querían que volviera. La Iguana me dijo: Susanita, el Polvo Jaramillo es lo que llaman en gerencia, Calidad Total. Por fin logramos sacarlo y ya afuera, cuando esperábamos en el Terminal de Pasajeros el autobús que nos traería a Caracas me dijo dos cosas. Una que me hizo llorar y otra que me hizo reír desde Valencia hasta Catia. Me dijo. (COMO JARAMILLO) ¿Quieres saber algo, Susanita? Te ganaste un San, conmigo. Te ganaste que me convirtiera de ahora en adelante en tu papá, en tu mamá, en tu Angel de la Guarda. Es más, si yo fuera marico ya me hubiera casado contigo hasta de velo y corona. (PAUSA CORTA. COMO ELLA) Lo otro que me dijo fue. (COMO JARAMILLO) Mira Susanita, vamos a tomarnos un roncito mientras llega el autobús, ya estoy hasta las bolas de tomar Loción para después de afeitar ligada con malta. (PAUSA) En Caracas, por lo de la cárcel, vetaron a Julio Jaramillo y tuvo que irse. Pasé tiempo sin saber de él. A mí también me vetaron. Tenían miedo de darme trabajo porque pensaban que como había estado en un psiquiátrico, tenía algo de loca y podía suicidarme de un momento a otro. Trabajé de ascensorista. Vestido de hombrecito, por supuesto. Eso era subir y bajar... subir y bajar. Claro, me daba más tiempo para estar con Julito Manuel, ayudarlo con sus tareas. Hasta que un día llegó el telegrama. “Vente. Punto. Perú te espera. Punto. Te envío pasaje. Punto. J.Jaramillo. Punto.” Y sin punto y seguido llegué a Perú. Jaramillo como siempre, triunfaba. Llegando eso fue cebiche y pisco. Inmediatamente comencé a trabajar en La Casa Verde, un naigt club aristocrático, para la gente bien. Jaramillo me prestó para que volviera a hacerme mis trajes de Mariachi y fui todo un éxito. Cuando llegué al aeropuerto, conocí a Mario Yupanqui. Pero no es lo que ustedes piensan. No, ni se imaginan. Mario se había portado muy bien con Jaramillo cuando llegó al Perú. Me dijo Jaramillo que también lo había conocido como maletero en el aeropuerto, que Mario Yupanki inmediatamente lo ayudó a encontrar hotel, que lo llevó a los lugares donde se podía comer más barato y le mostró los sitios de moda donde se cantaba y bailaba. Jamás, Mario Yupanqui, quiso aceptar algún dinero por todas las atenciones que le prestó, pero cuando me vio cantar le rogó que quería ser mi valet... que quería aprender de mí, las artes del travestismo. Sí. Mario Yupanqui, era del hatajo de los desventurados, de los querubines desplomados, de los nuestros. Loca feroz, pues. Era un cholo cultísimo. Hablaba y escribía a la perfección inglés, francés, italiano y quichua, por supuesto. Cuando se emborrachaba comenzaba a llorar y a decir que uno de sus antecesores había sido Túpac Yupanqui, que por su sangre corría la estirpe de Túpac Amaru. Que todos sus ascendientes era de la nobleza incaica. Lo cierto era que, según Jaramillo, a Mario Yupanqui lo habían abandonado recién nacido. Una familia de la burguesía limeña lo sacó del orfelinato para que sirviera de acompañante y cuidador de sus hijos. Mario fue enviado a las mismas escuelas que los hijos del dueño, pero en función de sirviente, de cuidador y ahí, tan despierto como era, aprendió lo mismo que los niños. Vivió con esa familia hasta que lo sorprendieron en una posición algo incómoda con el chofer de la casa. Un día me contó, rascado de Pisco a más no poder, que a él no es que lo habían abandonado, sino que lo dejaron en las ruinas de MachuPichu para que todo el Perú lo adorara como Princesa. Que ella era una princesa inca en desgracia. Que algún día, vendrían los cholos, los incas y lo coronarían. Desde ese momento lo comencé a llamar la Princesa Pichu. Era la mar de eficiente. Limpiaba la casa, pagaba la renta, hacía los depósitos en el banco, peinaba mis pelucas, zurcía mi ropa. La Princesa Pichu hubiera sido perfecta a no ser por el licor. Creo que Jaramillo y él se llevaban tan bien, por la bebida. (COMO JARAMILLO) Hay que ayudar a Mario Yupanki, a la Princesa Pichu, como tú le llamas. Si yo soy el cantante de la miseria, Pichu es la miseria en pasta. A nosotros nos han amado, a él, ni sus padres. (NORMAL. COMO ELLA) A veces, bebía por semanas enteras y no se sabía de él. Llegaba arrastradito, golpeado, llorando su desgracia incaica. Es que la Princesa Pichu, de verdad, era muy fea. Era como palúdico, esmirriado, encorvadito al hablar y con calvicie prematura. Nadie lo amaba. Un día, tarde, casi de madrugada, escucho un escándalo en la sala, unos gritos. Me pongo mi bata, salgo y me encuentro con un marinero que más bien parecía un submarino nuclear. El marinero tenía un cuchillo de esos con la punta curvada y amenazaba con matar a la Princesa Pichu. El marinero que me ve y se asombra, y yo no se cómo saque mi mejor voz de hombre. (COMO HOMBRE) ¡Que coño, pasa aquí! (NORMAL. COMO ELLA) Ay, me cansé. Bueno lo cierto es que el marinero se quedó tieso, pasmado, y como excusándose, pero todavía con el cuchillo en la mano dijo. (COMO EL MARINERO) Este marico me quiere pagar con un cheque. (NORMAL. COMO ELLA) Fui hasta el cuarto, caminando como un machote. Saqué un dinero que tenía y se lo di al marinero. (EN SITUACIÓN. CON VOZ GRUESA.) Toma tu dinero y te vas para el carajo. (PAUSA CORTA. COMO ELLA) Pero que susto. Tuve que tomarme tres tilitos porque me dio una tembladera en las piernas que no podía detener. (PAUSA CORTA) Por supuesto que la Princesa Pichu me prometió que nunca mas volvería a meter hombres a la casa. (EN SITUACIÓN) Bueno, nunca nunca, no, Pichu. (CON COMPLICIDAD) Avísame, eso es todo. (NORMAL) Pobrecita, la Princesa Pichu. Es que era tan fea, que para hacerse amar, tenía que pagar. (PAUSA CORTA) Lo enseñé a maquillarse, a usar peluca y, a petición de él, lo preparé para que pudiese realizar un strip tease. (EN SITUACIÓN, BAILANDO, COMO SI ENSEÑARA A PICHU. SE ESCUCHA MÚSICA. MIENTRAS DA LAS INDICACIONES SE VA DESNUDANDO) Así... con el pecho hacia afuera. (SEÑALANDO A UN ESPECTADOR) Mira a ese, Princesa Pichu. A ese le gusta la cosa. Dale un movimiento de teticas, Pichu. (LO HACE) Muy bien. (SEÑALANDO A OTRO ESPECTADOR) Ese tiene cara de los que dan buena propina. ¡Dale un movimiento de caderitas, Pichu! Así, muy bien. (A OTRO ESPECTADOR) Mira a ese, tiene cara de que si, pero de que no. Ese no se decide. ¡Dale un movimiento de culito, Princesa Pichu! Así, muy bien. (A OTRO ESPECTADOR) Mira, ese. Ese nos reprocha, ese se asquea de nosotras. Cara seria, culito rochelero. Vamos, Princesa Pichu, movimiento de culito rápido y lento, rápido y lento, como las batidoras. ¡Así, es, triunfamos, Princesa Pichu, triunfamos! ¡Mira como se ríen! ¡Hemos vencido! Se ríen, se divierten, eso esperan de nosotras. Poder burlarse, poder asquearse, sentir que son mejores y que nosotras somos la basura de la tierra! ¡Arriba el pecho! ¡ Deslumbralos con tu risa prestada! Encandilalos con tus senos postizos! ¡Así es! ¡Que gocen nuestra miseria! ¡Movamos las teticas, movamos las caderas, a mover ese culo, Princesa Pichu, hasta que lo noche nos vomite entera! (QUEDA AGOTADO. SOLO CON ROPA INTERIOR. CESA LA MÚSICA. GRAN SILENCIO. MIENTRAS SE COMIENZA A VESTIR CON EL TRAJE PRÍNCIPE DE GALES) Un día la Princesa Pichu se fue más temprano a la Casa Verde para prepararse en su debut. Estaba emocionadísima. Su gran oportunidad había llegado. (PAUSA CORTA) Un... un grupo terrorista hizo volar el local. Cientos de Cholos asistieron a su sepelio. Era... como ella lo había dicho... era su coronación. Jaramillo cantó en su entierro, “Me Duele El Corazón”. Después bebimos en honor a la Princesa Pichu. Jaramillo me dijo, hay que contarlo. Lo que hemos vivido, hay que contarlo... es que no cabe en una canción. Un día tenemos que contarlo. Si no lo hago yo, hazlo tú... que sea Nuestro Juramento. (PAUSA CORTA) El regresó a Ecuador y yo a Venezuela. Todo había cambiado. Los locales nocturnos, los danci, habían desaparecido. Apenas dos o tres que trataban de mantenerse con alguno que otro Show. Conseguí trabajo como acomodador de carros en un estacionamiento. Me dijeron que en miami había oportunidades y me fuí. Pero yo... yo también había cambiado. Todo en mí se había caído. Las carnes... el corazón... el amor. Fue muy tarde para operarme y... ya no tenía dinero. Miami se cerraba para mí y... no quise volver, no quería regresar derrotada y le escribí a Jaramillo, pero él también estaba arruinado, en Ecuador, con una mano adelante y otra atrás, cantando en cualquier zucucho por la comida y la bebida, por que lo dejaran pasar la noche ahí. Antes de morir, en uno de esos perdidos bares de carretera, Jaramillo, para ayudarme, le escribió a un conocido en Miami. Y yo, para tener más o menos con qué vivir, comencé a trabajar en un night club de tercera categoría como presentador... como animador, pero en la puerta del local. (LO HACE) Adelante, damas y caballeros. Pasen adelante. Esta noche, la Mitsuko Segunda... la Susanita Segunda... La exuberante Loly Segunda. (NORMAL) Todo fue de segunda, nada de primera. Julito Manuel creció. Ahora es odontólogo. Detesta la bebida. Se casó. Pedro, se llama su primer hijo. Y yo, supe de este homenaje y sentí que era como otra ocasión... que recordaría y que sería como cumplir lo pactado... cumplir con Mister Juramento, Nuestro Juramento. Que recordarlo hoy, a él, al cantante de nuestras desdichas, al poeta de nuestras miserias, al trovador de nuestras desventuras, era una segunda oportunidad para todos aquellos que perdimos, porque amamos. Quisiera por favor que se pusieran de pie para oír a uno, que como nosotros se rompió de amor, sin tener al final de su vida, un patito con quien mirar debajo de la cama. Por favor, póngase de pie, póngase de pie. (SE ESCUCHA EL BOLERO “NUESTRO JURAMENTO”. SACA A BAILAR A UN HOMBRE DEL PUBLICO) Bailemos, por favor, bailemos. (OSCURO LENTO SOBRE ELLOS).

TELÓN


QUEDA PROHIBIDO LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DE ESTA OBRA POR CUALQUIER MEDIO, ASÍ COMO SU REPRESENTACIÓN SIN LA AUTORIZACIÓN ESCRITA DEL AUTOR QUE PUEDE SOLICITARSE A SUS CORREOS ELECTRÓNICOS: mailto:nestorcaballero@cantv.net o cabanestor@hotmail.com O EN SUS EFECTOS A LA SOCIEDAD DE AUTORES Y COMPOSITORES DE VENEZUELA (SACVEN)

NÉSTOR CABALLERO
Venezuela

Comments:
Saludos Nestor: Acabo de ver "Mr. Juramento" en Caracas y me gustaria poder hacerla con un actor ecuatoriano en New York. Mi mail es: cristian_cortez@yahoo.com
 
Publicar un comentario



<< Home

This page is powered by Blogger. Isn't yours?